En el anterior Yendor hablamos sobre Spotify, la nueva revolución en el mundo de la música. Se trata de un programa en el que puedes escuchar cualquier canción, cuando quieras, sin restricciones, mientras tengas conexión a internet. El paraíso, vamos.

Su modelo de negocio se basa en la publicidad y las suscripciones. De vez en cuando aparece una cuña publicitaria que, si bien molesta muchísimo, es el precio a pagar por escuchar música gratis bajo demanda. Pagando una módica cantidad uno puede suscribirse al servicio para eliminar la publicidad completamente, lo que a día de hoy no compensa por las dos razones que quiero explicar en este post.

Pongo como ejemplo el disco «It’s not me, it’s you» de Lily Allen. Se trata de un álbum lleno de tacos y que mayormente habla de temas semipornos –aunque de una forma divertidísima–, que contiene una canción titulada «Fuck you» (literalmente, «Que te jodan»). El puritanismo estadounidense, el mismo que –perdonadme la demagogia– permite que con dieciocho años una persona pueda conducir o llevar armas, pero no beber alcohol o votar en algunos estados, obliga a estos álbumes a llevar una etiqueta avisando de que contienen lenguaje ofensivo.

Por desgracia, Spotify, al ser un servicio global, ha decidido tomar una decisión solomónica y censurar directamente todas las canciones que contienen tacos. Los artistas ya producen versiones limpias para la radio estadounidense, que son los que finalmente se ofrecen en Spotify. Curiosamente, hace aproximadamente un mes, la versión del álbum era la que contenía tacos, pero por lo visto están modificando todas las canciones polémicas de todos los álbumes para eliminar las palabras malsonantes.

Por ello yo, como mayor de edad, que tomo la libre decisión de escuchar una canción pese a que tenga tacos, y que no acepto que me introduzcan un pitido en la palabra «fuck», no pagaré por este servicio.

Segundo punto. Algunos os preguntaréis si es una solución de compromiso, una decisión técnica, y aquí es donde viene mi segunda queja. Spotify tiene restricciones geográficas, supongo que impuestas por las discográficas. Por poneros un ejemplo, id a la lista de éxitos (el “top” de canciones) y veréis que en el “top” mundial hay algunas que están marcadas en rojo y no pueden reproducirse en España. ¡A-ha! Parece que Spotify tiene en cuenta la localización de cada usuario y la legislación de su país. Entonces, ¿por qué censura las canciones en países donde la música nunca se censura?

Más allá de la relación con el primer punto, quiero remarcar el hecho de que no voy a pagar por un servicio si me limita la música en función del país donde viva. ¡Es estúpido! Las restricciones geográficas son un reducto de los negocios del siglo XX, donde cada país operaba de forma diferente. Ahora parece que hemos descubierto un sistema de comunicación y comercio global, ¡y en lugar de aprovecharlo como ventana al mundo, importamos las restricciones ligadas al modelo anterior!

Vamos, me refiero a que las discográficas podrían aprovechar Spotify como una manera de decir «mira, como ahora no tenemos limitaciones técnicas, si pagas a Spotify podrás acceder a cierta música que no podrás escuchar en disco o por la radio, ¡corre y paga!», y yo seguramente correría y pagaría, porque es un servicio cómodo, rápido y en general estoy muy satisfecho con él.

Pero, mientras en el mundo globalizado sigamos restringiendo el libre acceso a la información, ya sea para no ofender a algunas conciencias o para contentar a empresarios que viven anclados en el siglo XX, la población seguirá encontrando alternativas para escuchar lo que le gusta, y las empresas perderán clientes y dinero. Renovarse o morir.